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Aviso a los amantes del cine de acción, de los tipos duros y las artes marciales: vuelve Van Damme. Sí señor. Si el año 2007 marcó el regreso de Sylvester Stallone, con su memorable resurrección de Rocky Balboa, seguida de la reaparición de Rambo, el 2008 será recordado probablemente como el del renacimiento de “los músculos de Bruselas”, el “rey de Bélgica”: Jean-Claude Van Damme. Como toda gran historia de caída y resurrección, la trayectoria de Van Damme ha sufrido más desniveles que una montaña rusa.

De marcar un hito en el cine de artes marciales de finales de los 80 y principios de los 90 (con películas tan míticas como Kickboxer o Soldado Universal), Jean-Claude cayó luego en el pozo de la droga, que lo condenó finalmente, a mediados de la presente década, a infra-producciónes destinadas al mercado del video. Van Damme parecía acabado, pero entonces apareció el director Mabrouk El Mechri con JCVD bajo el brazo, película que se estrena el próximo fin de semana en nuestro país y que nos devuelve al mejor Van Damme, pletórico de fuerzas y más irónico que nunca.

Pero hagamos un poco de historia. Van Damme nació el 18 de octubre de 1960 en Berchem-Sainte-Agathe, Bruselas. Empezó en las artes marciales a los 10 años, consiguió el cinturón negro en Shotokan karate y se alzó en dos ocasiones como campeón mundial en la categoría de peso medio. Luego, se convirtió en Mister Bélgica y, ojo al dato, a los 16 años tomó clases de ballet (“Si puedes sobrevivir a un entrenamiento de ballet, puedes sobrevivir a un entrenamiento de cualquier otro deporte”). Se inició en el cine en Europa, con películas como Lamenta Barbare (1984) o Monaco Forever (1984), aunque pronto decidió dar el salto al escenario internacional, a Estados Unidos, vía Hong Kong. En sus inicios en América tuvo que dormir en un coche alquilado y hacer trabajos de todas clases hasta que pudo empezar sus trabajos cinematográficos.


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